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Carl Gustav Jung
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Trabajos de Egresados
Explorando nuestra alma salvaje (talleres sobre “mujeres que corren con los lobos”, de Clarisa Pínkola Estés), un viaje desde la antropología vincular.
   
Por Vicky Abril  
   
La Lic. Vicky Abril egreso de nuestra institución habiendo cursado maestría en Jung. Reside en Madrid (España) y luego de su formación decidió ofrecer lo trabajado en etapas anteriores en su tierra y lo aprendido en el Centro Junguiano a mujeres de su país. Nos ha enviado esta síntesis de su interesante tarea y creemos que vale la pena compartirla con todos aquellos que abordan la tarea con lo femenino, aplicando la cosmovisión Junguiana.
Desde ya nuestro agradecimiento a Vicky por enviarnos este testimonio.
Carlos y Lili Menegazzo
 
   

El porqué

Cuando volví de B Aires, después de casi tres años de experimentar la antropología vincular, tenía muchas ganas de compartir mis aprendizajes y descubrimientos con otras personas. Sentía que era importante para mí hacer circular lo aprendido.

Siempre me he sentido una privilegiada y tratado de compartir los regalos que la vida me ha ido dando con otras personas que, claramente, carecían de ellos. Y, por alguna razón que ahora no importa, esas personas casi siempre han sido mujeres: mujeres que acababan de tener su primer hijo; mujeres que no sabían que tenían derecho a disfrutar su sexualidad; mujeres que no tenían acceso a los anticonceptivos en pleno siglo XX (años 70 en España, franquismo); mujeres maltratadas por sus parejas o exparejas; mujeres desconcertadas en la menopausia; mujeres que no sabían qué hacer con un embarazo no deseado; mujeres ligadas al mundo de las adicciones; mujeres buscadoras; mujeres incómodas; mujeres enojadas; mujeres sumisas; mujeres fuertes que salían adelante por sus hijos; mujeres artistas; mujeres de la calle: de las afueras de Madrid, de Bolivia, de Argentina... siempre mujeres... Desde 1975, en que me asomé a lo que entonces se llamaba “la liberación de la mujer”, y aquellas mujeres algo mayores que yo, con hijos a su cargo, que vivían en mi mismo barrio, nos contaron sus vidas de entonces a mi compañera de investigación social y a mí, no he dejado de preguntarme qué, cómo, por qué y para qué... tanto desaguisado, tanto desencuentro, tanto sufrimiento inútil a cuenta de la “petite diference”... 23 años más tarde, cuando las preguntas y respuestas desde el feminismo, los movimientos de mujeres y la investigación social seguían sin convencerme, cayó en mis manos el libro de Pínkola Estés, “mujeres que corren con los lobos”... no podía leerlo... lo abría, leía un poco... me llenaba de inquietud, de emociones... pero no entendía... y lo dejaba asustada, enojada, confusa... sentía que “algo” me había tocado... pero no podía comprender... Empezó el siglo XXI y yo seguía teniendo el libro siempre a mano, pero sin ser capaz de leerlo completo... Por suerte, el universo se organizó para que me pusiera a aprender psicodrama. El moreniano me llevó al simbólico, al pensamiento junguiano... y a la antropología vincular.

Pude leer completo el libro de Pínkola en el verano de 2006, después de haber pasado dos veranos en el Centro Junguiano de Antropología Vincular que dirigen Carlos Menegazzo y Lili Fornasari, trabajado 4 años con Pablo y Elisa y 3 con Irene Henche. Leerlo nada más. Sólo después de los casi 3 años pasados en Buenos Aires, empecé a comprender la propuesta de Pínkola. Y me entusiasmó. Lo que sigue pretende reflejar mis aprendizajes al coordinar, desde la perspectiva de la antropología vincular, 6 talleres realizados con el mismo grupo de mujeres, entre enero y junio de 2011.

En “mujeres que corren con los lobos”, Pínkola explica su teoría sobre la psicología de las mujeres entendida en su sentido literal como estudio del alma. Para transmitir su punto de vista se sirve de su experiencia como cantadora/contadora de cuentos, exponiendo sus reflexiones a través de los relatos que va analizando a la vez que nos los cuenta.

Como buena junguiana sabe que los cuentos tradicionales o de hadas, esos cuentos que no tienen un autor definido, sino que han sido transmitidos de generación en generación y están presentes, con algunas variantes, en contextos culturales muy diferentes, esos cuentos encierran contenidos genuinos del inconsciente colectivo que nos hablan también individual y personalmente a cada una/o, mostrándonos algún aspecto de nuestro desarrollo personal y único que necesita, aquí y ahora, aflorar a nuestro consciente.

El de Pínkola es un libro denso, complejo que nos habla al corazón, al alma, a la psique. Que nos produce inquietud y que hay que leer muy poco a poco para poder ir comprendiéndolo y, sobre todo, experimentándolo.

Casi espontáneamente, entre alguna amiga y alguna conocida del barrio surgieron 5 mujeres interesadas en el libro y dispuestas a comprometerse 1 sábado al mes durante 4 horas. Pronto descubrimos que a todas les había pasado con el libro algo parecido a lo que he descrito más arriba... inquietud, emoción... dificultad para comprenderlo.

¿De qué se trata?

De comprender con el corazón las propuestas de Pínkola y dejar que los símbolos que pueblan los cuentos nos indiquen el camino, el lugar, el cómo y el cuándo en esta tarea personal de volverse cada vez más una misma... Así de fácil y de complicado. ¿Por qué en grupo? Porque somos seres vinculares, porque aprendemos de los otros y otras, porque vivimos en relación con y la vincularidad aporta una dimensión fundamental para crecer como individuos. Y porque teníamos ganas.

Como facilitadora del discurrir grupal, mi tarea era crear un clima en el que fuera posible conectarse con los símbolos de los cuentos y su sentido. Un clima tal que cada cuento en cada sesión le dijera algo a cada una de las participantes. Algo que a cada una le llegara, le ayudara, le revelara... lo que cada una necesitaba aquí y ahora... Algo personal y grupal a la vez.

Sabía que los mejores aliados para crear ese clima son los propios cuentos con su rica simbología así como cada una de las personas del grupo con su actitud de búsqueda. De la interacción entre ellos va surgiendo otra dimensión, en la que se despliegan las funciones menos desarrolladas en el discurso social de la interacción grupal: la intuición y la percepción.
Efectivamente, en las reuniones habituales de los grupos, lo que prima es el discurso racional (grupos de discusión al uso... ) y, en todo caso, el sentimental, el que habla de los sentimientos/emociones o, simplemente, los deja salir a flor de piel (grupos terapéuticos). Sin embargo, en los grupos que utilizan alguna variante del psicodrama junguiano y específicamente en éste, que además bebía de la antropología vincular, lo que fue emergiendo fueron las otras dos funciones: la intuitiva y la perceptiva.

Mi propuesta concreta fue empezar a explorar el camino que nos indica Pínkola desde lo experiencial, acercándonos a escuchar la llamada de la loba (“La Loba”), conocer al intruso que nos “atemoriza, critica y paraliza” (“Barba Azul”) y, tras reencontrarnos con nuestra intuición (“Vasalisa la Sabia”), descubrir las tareas que nos quedan por realizar para recuperar nuestra alma.

Percibir nuestros huesos, nuestras articulaciones, nuestra respiración y nuestras tensiones corporales facilitan la conexión emocional, así que, cada día, al encontrarnos, hacíamos ejercicios corporales. Así, como Harry Potter al llegar a la estación de tren, iniciábamos el despegue de nuestra realidad habitual... Entre visualizaciones, ejercicios corporales, dramatizaciones, objetos rituales que iban apareciendo y con la guía de los tres cuentos fue discurriendo nuestro viaje en busca de la mujer salvaje, de nuestra alma.

El proceso

El día que comenzó nuestro viaje, nos habíamos citado en la estación de ... (ver como se llama la de Harry Potter). No todas nos conocíamos, así que nos estuvimos presentando, olisqueando, observando... como hacen las lobas, amistosamente, con calma, simpatía y curiosidad... Tras conectarnos con nuestros huesos y recibir de regalo una piedra especial para cada una, dibujamos nuestro el árbol preferido y jugamos a “ser” raíz, tronco, flor, rama... Ya subidas en el tren, escuchamos el cuento y vimos a la que sabe, a la cuentera, a la mujer salvaje, allá a lo lejos... En el amanecer del grupo, Amenka, la diosa del lago, sentada en su hermosa silla, nos visitó para acompañarnos en nuestro viaje y nos encontró preparadas porque nos hicimos donación de nuestros mejores deseos y capacidades.

Pero, a poco de iniciarse el viaje, el paisaje, tan hermoso al principio, se ensombreció... discurríamos por entre montañas pedregosas, hoscas, muy muy altas... empezamos a escuchar truenos lejanos y casi se hizo de noche en pleno día... una niebla intensa nos rodeaba y no sabíamos qué hacer... desorientadas, perdimos el rumbo, nos cansamos mucho y sentimos mucho, mucho miedo.

Al descubrir la masacre de tantas mujeres asesinadas durante siglos de patriarcado, primero sentimos mucho miedo pero, finalmente, tuvimos la lucidez de afrontarlo buscando ayuda en nuestras fuerzas interiores. Efectivamente, esta fue la devolución que hice al grupo después de visitar el castillo de Barba Azul, descubrir sus siniestras mazmorras y encontrar ayuda para salir de aquella pesadilla... Como coordinadora no pude cometer más errores que los que hice en esta sesión. Entusiasmada con el poderío de las 5 mujeres que forman el grupo y lo bien que había fluido todo en nuestro primer encuentro, olvidé hacer meditación y tampoco me conecté con la idea de servicio al grupo antes de la siguiente reunión... Todo ello provocó un caldeamiento muy pobre por mi parte que se evidenció en la dinámica fría y errática de la sesión. Así pude constatar lo importante, importantísimo que es estar bien caldeada, sobre todo en un grupo que está en sus primeros encuentros. Tampoco hay que empeñarse en seguir el guión previsto, sino saber leer lo que el grupo está demandando en cada momento. Concretamente en esta sesión estaba clarísimo que no había escena grupal y tampoco suficiente caldeamiento para dramatizar. Yo debía haber cambiado la forma de trabajo, el ritmo, la propuesta... Luego me di cuenta de que había varias soluciones sencillas, pero estaba tan preocupada pensando que era mi miedo a dramatizar (con personas que nunca lo han hecho) lo que me bloqueaba, que no tuve reflejos para seguir mi intuición que me decía claramente que no había condiciones para la dramatización. Desde entonces, siempre he hecho meditación antes de cada sesión, una imaginación activa con el cuento que fuéramos a trabajar y un pequeño ritual en el que me conecto con la idea de que coordinar un grupo es un servicio.

Tras nuestra visita al castillo de Barba Azul volvió a lucir el sol y, poco a poco, el paisaje fue tornándose más amable... un árbol por aquí, un riachuelo por allá... el sol fue dejándose ver y nos acariciaba cada mañana. Un día llegamos al borde de una gran cueva... Unas con miedo y recelo, otras con gusto, descendimos a las profundidades de la tierra. Allí, abriendo con nuestras llaves (¿la pequeñita con adornos, la que llora sangre, la prohibida?) las puertas de musgo de la gruta sagrada, descubrimos hermosos tesoros olvidados:

  • La mariposa llamada Libertad,
  • La lágrima de luz y agua que ilumina la oscuridad,
  • La luminosa mirada llena de amor de mamá,
  • La elipse con drapeado que invita a la espiritualidad,
  • La mirada transparente y cariñosa de nuestra anciana sabia.

Son algunas de las riquezas que fuimos descubriendo y compartiendo al empezar a recuperar nuestra alma salvaje, tanto tiempo enterrada, escondida, encerrada, olvidada, negada, reprimida... Aquél día, tras volver de la cueva, apareció mágicamente una deliciosa merienda que nos hizo disfrutar mucho y decidimos tomarnos con más calma y tranquilidad nuestro viaje. Descansar más a menudo.

Una mañana llegamos al borde de un lago que no aparecía en el plan de viaje, y decidimos tomar un barco para atravesarlo. Era un hermoso barco de vela que se movía con el viento... y nos acordamos de Ulises, de cómo, amarrado al mástil, se empeñó en escuchar el canto de las sirenas.
Nosotras, respirando profundamente, hinchando y deshinchando nuestro vientre-globo, sintiendo bien nuestro eje, nos acercamos a un nuevo cuento, el de Vasalisa. Aunque por allí andaban la sombra y la madre, en nuestro primer acercamiento nos encontramos ángeles de la guarda, muñecas que nos indicaban el camino, bailes de niñas en las calles, ranas cantando junto a los ríos del profundo barranco, gusanos que se transformaban en mariposas... y también algo de oscuridad, de rabia, de miedo.
Mis propuestas no fueron bien comprendidas (¿expresadas, transmitidas?), pero el paseo en barco fue bueno para el grupo. Era la primera vez que, entre todas, hacían una propuesta diferente a la que yo tenía pensada... y fue muy bueno para mí dejar que fluyera... aunque esquivaron un poco el encuentro con la sombra, del grupo empezó a fluir un ritmo propio, cadencioso, agradable... que generaba confianza.

Al bajar del barco, nos encontramos en un paisaje algo inhóspito... todo estaba silencioso. Los pájaros no cantaban. La luz era gris y se levantó algo de viento. Nos arrebujamos en nuestros abrigos y divisamos un bosque oscuro, silencioso, amenazador. Aunque todavía era temprano, la luz se filtraba apenas entre la espesa vegetación. Con Vasalisa en nuestro corazón, nos sumergimos en aquel bosque oscuro. Yo ya lo conocía, y se que hace falta mucha valentía para hacer ese recorrido por la infancia. Allí nos encontramos con el desencanto, la soledad, la necesidad de ser queridas, el miedo a ser mayor, la impotencia y la tristeza ante las pérdidas. Sentimientos duros, difíciles, que forman parte de nuestra sombra personal, grupal y colectiva. Pero el cuento de Vasalisa nos hizo experimentar que, afrontando nuestros “monstruos” y pasando las pruebas, encontramos en nuestro interior los recursos necesarios para transformar en riqueza todas esas experiencias dolorosas. En lo más oscuro del bosque apareció una tienda mágica, donde nos aprovisionamos de varios kilos de felicidad naranja, bombones de paz interior, capacidad de improvisación fucsia, fiesta, tranquilidad, confianza y hasta alguna aptitud para planificar... A estas alturas de nuestro viaje empezamos a darnos cuenta de que, con todo ello y nuestra Vasalisa, íbamos a ser unas lobas estupendas.

Al otro lado del bosque de nuevo las praderas y los grandes horizontes se abrieron a nuestros ojos. Allá a lo lejos divisamos una hermosa casa, sencilla pero acogedora, de humeante chimenea y lindo jardín lleno de rosas. Enseguida supimos que el fin de nuestro viaje, al menos por el momento, estaba cerca. En la casa celebramos un ritual para poner nombre a nuestras muñecas recién re encontradas. Todas se apellidaban Vasalisa, pero cada una tenía su nombre propio: Dorothy, Towanda, Lilith, Adara y Sol nos guiaron a través de las tareas que, como Vasalisa, tenemos que ir cumpliendo para recuperar nuestra alma de loba: adentrarse en el bosque oscuro; presentarse ante Baba Yaga y pedirle el fuego; lavar la ropa, barrer, limpiar, preparar la comida y mantenerlo todo en orden; separar el maíz añublado del bueno, separar las semillas de adormidera de la tierra y hacer dos montones; indagar en los misterios y hacer las preguntas adecuadas. Cuando cada una tuvo claro cuál es la que aquí y ahora le toca realizar, nos despedimos hasta después del verano, no sin antes jugar un rato inventándonos un cuento entre todas:

“Seis amigas a través del holograma con un pato y una llave”

“Había una vez seis amigas (Susi, Mer, María, Celeste, Renata y Towanda) que buscaban algo misterioso por el Retiro de Madrid. No sabían lo que buscaban, así que se pusieron a meditar en la gruta del Palacio de Cristal. En la meditación vislumbraron un camino de piedrecitas. Una de ellas se dio cuenta de que una de las piedras se movía... resultó que debajo había un pato con una llave en su pico. Towanda, al darse cuenta de que había algo brillante en el chorro del lago, se subió al pato y, agarrando la llave, voló hacia aquello que brillaba. Se trataba de un cofre que, al ser abierto, dejó salir un maravilloso holograma que trasladó a las seis amigas hasta el Vicente Calderón donde se celebraba un mágico evento musical presidido por una fastuosa hoguera. Efectivamente, allí, cada cual escuchaba su música preferida y nuestras seis amigas aullaron, bailaron y bailaron alrededor de la hoguera, unidas en su amor al fuego y a la música, pero cada una siguiendo su propio ritmo... y colorín colorado, este cuento se ha acabado (por el momento).”

Otros aprendizajes por los que quiero dar las gracias a estas valientes lobas:

El día que “R” dijo, enojada, que ella no trabajaba sus pies. Se negó en redondo y estaba muy furiosa... Conseguí no tomármelo personalmente, como un desafío a mi autoridad de coordinadora, porque su angustia me conectó con la que yo sentía cada vez que, en un grupo de los del Centro Junguiano, había que dibujar algo y luego mostrarlo al grupo para compartir.

Aquella imagen que nos regaló “Ma” de esa niña pequeña vestida de blanco, con enaguas almidonadas, paseando delante de su casa en espera de que el príncipe viniera a liberarla de su soledad. Me hizo revivir a mi niña sumisa, tan obediente, callada y necesitada de la aprobación de los otros. Esa niña que también está en mí.

La diosa del lago, Amenka, que nos regaló el primer día “C”, esa imagen poderosa que tantos ánimos me ha dado cuando estaba perdida.

El árbol-casa que dibujó “S” en nuestro primer encuentro hizo aflorar mi necesidad de hacer hogar, de compartir la intimidad. Un regalo inesperado que me tomó de sorpresa.

Una imagen de mujer que se va transformando en varón y que parece las dos cosas, tal como lo expresó “M”, me llevó muy lejos, a la última carta del tarot, la del mundo y me abrió nuevos horizontes.

Madrid, agosto 2011
Vicky Abril Navarro.

 
   
   
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