El enfermar deriva
del disloque, de una desarmonización. Esto acontece
cada vez que algún individuo desemboca en una respuesta
situacional inadecuada.
Cada hombre, desde sus primeros pasos evolutivos, es un
ser que se halla siempre, desde su concepción hasta
su muerte en permanente relación. Es más,
la individualidad es nada más que una ilusión
racional.
Para comprender la enfermedad hay que considerarla, entonces,
como una manifestación de conflictos que siempre
acontecen en lo vincular.
Desde una veta epistemológica enfermar quiere
decir permanecer quieto o detenido.
Lo que significa precisamente: tener dificultad, en todos,
o en algunos, de los movimientos que promueven el crecimiento
humano. Enfermar es, por ende, tener dificultad (o
imposibilidad) de progresar en las relaciones. Miedos,
(0 pánico) a vincularse es la enfermedad básica,
esencial y única en el hombre.
Las múltiples formas clínicas del enfermar
humano son, como se ve, nada más que figuras diferentes
en su aparecer y en su modo de manifestarse, pero en esencia
sólo caleidoscópicas patetizaciones del
esencial miedo y culpa inauténtica del desplegarse
en vincularidad (consigo mismo, con los otros y con el
otro en el mundo)
La enfermedad como mensaje
Enfermarse es un modo de sincerarse, es dar mensajes propicios
para la búsqueda de integridad y de coherencia.
Comprender por qué y para qué enfermamos
es un modo de crecer, porque la enfermedad es el otro
polo de la salud: son como dos tensiones que buscan su
unidad. No hay salud sin enfermedad, ni hay enfermedad
sin vitalidad.
La enfermedad vista de este modo resulta ser un mensaje
para el hombre ante sus incoherencias; un estímulo
para reorbitar su camino, una propuesta de plenitud para
su natural incomplenitud; ¡un desafío! Nuestro
cuerpo físico es capaz de sugerirnos aquello que
nuestra razón consciente demasiadas veces no quiere
o no puede reconocer.
Nuestra razón, generalmente, entretenida en demasiados
cantos de sirena, por las preocupaciones propias de lo
cotidiano, por demás atada a los sentidos de lo
superficial, no sabe darse cuenta de ciertos mensajes.
Prefiere reprimirlos o negarlos, y es por esto que al
cuerpo no le alcanza con susurrar, tiene que decirnos
o, directamente gritarnos.
Nuestras dolencias y sus síntomas son mensajes
y hay que aprender a interpretarlos.
Cada enfermedad es, en primer lugar, una manifestación
de nuestra situación vincular en el aquí
y ahora. Nos dice siempre algo con respecto a las
circunstancias y las relaciones que estamos viviendo.
El para qué de la Enfermedad
La enfermedad humana no tiene nunca un solo por qué
(los por qué son multifacéticos)
pero tiene siempre un para qué, que
es lo que le da un profundo sentido. Cada enfermedad es
una propuesta para el darse cuenta aunque
esconde, también, un intento de evasión
de esta misma propuesta de comprensión, una tendencia
al repliegue, un acomodarse en algún pseudo beneficio
secundario del estar enfermo. En lo más profundo,
es una propuesta de transformación, de crecimiento
y de conversión.
Cada enfermedad nos muestra el intento de atrincherarnos
en la impotencia irresponsable o en la omnipotencia hiperresponsable,
así como en alguna de las infinitas evasiones,
propias, a nuestra condición humana. Redundando,
es al mismo tiempo un intento de sinceramiento consigo
mismo y de superación.
Si nos atrevemos a escuchar lo que la enfermedad nos quiere
decir, podremos ir transformando nuestro modo de ser y
nuestro modo de vincularnos; el modo de enfrentar los
obstáculos que nos presenta la vida para nuestro
crecimiento. Curarnos es ser fieles a nuestra libertad
interior, reorientarnos y convertirnos auténticamente
en nosotros mismos.
Siempre, en lo más profundo de cualquier figura
clínica, si sabemos buscarla, hallaremos la enfermedad
única (el miedo al vínculo) sobre la cual
se articulan todas las otras manifestaciones del enfermar,
porque las emociones que más profundamente actúan
en el hombre, frenando su libertad, su espontaneidad,
su creatividad y su responsabilidad, son las culpas inauténticas
y los pánicos
Estas son las emociones que nos anclan y es nuestra cultura,
tan profundamente culpógena, la que promueve en
nosotros ataduras de este tipo. Paralizados y detenidos
por múltiples mandatos, inconscientemente cargados
de tales emociones, nos enfermamos y los síntomas
de nuestro enfermar son nada más que señales de estos lazos, que nos impiden progresar en los vínculos,
en el camino de elevación y transformación
existencial.
Permanecer quieto y tener dificultad o imposibilidad de
algo, es enfermar, como se ha dicho, y ese algo es siempre
en el fondo una dificultad o una imposibilidad humana
de progresar en el camino de Personificación Integrativa.
Ahora bien, ¿cómo no va a ser enfermante
la crianza con modelos de educación basados en
premios y castigos? Esta cultura nuestra, en la que las
máximas maestrías se logran generalmente
en el arte del dominio de los unos sobre los otros, en
el arte de sojuzgar y del matar, así como en las
planificaciones de los genocidios.
Es necesario que iluminemos la enfermedad con una nueva
mirada que nos propone transformaciones y crecimiento.

|