Centro Junguiano de Antropología Vincular Carl Gustav Jung Carl Gustav Jung Carl Gustav Jung Contáctenos Inicio
Carl Gustav Jung
Carl Gustav Jung
Escritos de Profesores
El arquetipo de la sombra y la problemática del mal
   
Prof. Vicente Rubino  
   

Debido a sus profundas raíces en la historia de la conciencia humana, la Sombra es quizás la más poderosa y potencialmente la más peligrosa de todas las fuerzas arquetípicas, la fuente de todo lo que es peor y mejor en el hombre…

El problema del Mal es uno los más profundos y entrañables de todos los tiempos. Frente a él no podemos apelar a valores supremos o símbolos rectores que protejan al hombre contra la amenaza constante de vivir en un mundo en el que el Mal ha surgido de las profundidades y crece hasta asumir grandes dimensiones y, en su Señorío, nos coloca a todos sin excepción en una situación trágica, sin salida, desamparados y vulnerables. Esta problemática, que ha ocupado a grandes pensadores de todos los tiempos, ha recibido un importante y significativo aporte de Carl Jung con su concepción del arquetipo de la Sombra, en el que hace referencia a los oscuros abismos del alma humana, a esa Nigredo, a esas fuerzas primordiales y violentas que, en las tragedias de Shakespeare se hallan personificadas por siniestros personajes como Yago, Ricardo III o Macbeth.

La Sombra es un potencial energético arquetípico y personal que en la representación del mundo primitivo aparece, como en la actualidad, personificada de muchas formas, figuras e imágenes e integra una parte del individuo, un desdoblamiento de su ser que se halla unido a él, precisamente como una sombra. La Sombra es la instancia más abismal de la personalidad, es nuestro ‘alter ego’, nuestro ‘hermano tenebroso’, es ‘la suma de todas las disposiciones psíquicas, personales y colectivas, que no son vividas a causa de su incompatibilidad con la forma de vida elegida conscientemente y se constituyen en una personalidad parcial relativamente autónoma en el oinconsciente con tendencias antagónicas’ (1)

Es la fuerza incosciente que contiene más elementos de la naturaleza básica del hombre. Erich Neumann expresa: ´La sombra es él otro lado’. Es la expresión de la propia imperfección y terrenalidad. O sea lo negativo no coincidente con los valores absolutos; es lo corpóreo en contraposición a lo absoluto y eterno de un alma que ´no pertenece a este mundo’. La Sombra representa la unicidad, lo efímero de nuestra naturaleza; es la condicionalidad y el límite; pero por eso mismo constituye también el sistema nuclear de nuestra individualidad´(2)

La Sombra es todo aquello rechazado por la conciencia, por lo cual, generalmente, como el caballo negro del carro alado de la Alegoría del Alma de Platón, recibe mayor represión que otros contenidos del inconsciente con la finalidad, errónea, de que el individuo pueda, mediante su Máscara (prosopon), convivir conforme y adecuadamente con la comunidad: es un intento de domesticación del lado primitivo de la naturaleza del hombre. A través de esta forma represiva puede perderse poder vital, generador de la creatividad, espontaneidad e intuiciones profundas, que son la vertiente positiva del arquetipo de la Sombra. Así tambvién puede apartarse de la sabiduría de su naturaleza instintual, sabiduría que por ser muy profunda no puede ser eclipsada por ninguna erudición.

Por esta razón, la Sombra no consiste solamente en tendencias moralmente rechazables sino que, como en todo fenómeno natural, se hallan dos vertientes opuestas y de signo contrario, que en el caso de la Sombra se manifiestan por tendencias vitales y creadoras, percepciones agudas, intuiciones profundas, reacciones intintuales firmes y adecuadas. Por eso expresaba Jung ‘Si las tendencias reprimidas de la Sombra no fuesen más que malas no habría problema alguno. Pero, de ordinario, la Sombra es tan sólo mezquina, inadecuada y molesta, y no absolutamente mala. Asimismo contiene propiedades pueriles o primitivas que en cierto modo vivificarían y embellecerían la existencia humana’ (3)

Una vida sin Sombra tiende a tomarse superficial e indiferente. La Sombra es un arquetipo importante y valioso porque tiene la capacidad de retener y afirmar ideas e imágenes que pueden ser muy significativas para el individuo, como el impulso creador, que es una manifestación de la vertiente positiva de la Sombra. Por ser ésta persistente y tenaz y no ceder fácilmente a la represión, puede llevar a una persona hacia actividades más plenas y creativas: Fausto era un filósofo erudito, especulativo, libresco y vacío: sólo adquiere realidad y fuerza vital al integrarse con su Sombra arquetípica, o sea Mefistófeles, esa ‘fuerza que quiere siempre el mal y el bien siempre produce’, quien se presenta como el Espíritu que soy que siempre niega, y con razón, pues todo lo que existe digno es de destruirse; por lo mismo fuera mejor que aquí nada existiera. De modo que, lo que llamáis vosotros pecado, corrupción, en fin, lo malo, es mi propio elemento!’ (4)

Cuando existe una interacción recíproca entre el ego y la Sombra, una armonía, el individuo se siente vigoroso y vital: si el ego discrimina y canaliza las fuerzas instintuales, la conciencia se expande y la actividad física y mental se desarrolla y acrecienta. En cambio si la Sombra, en lugar de ser aceptada e integrada a la conciencia es rechazada, entonces se proyecta y vemos en los otros nuestra propia sombra. Puede creerse en este caso que estos contenidos sombríos reprimidos han sido eliminados pero, por las leyes de la dinámica de la Psique, la energía se transforma y trabaja sórdidamente en la esfera del Inconsciente, donde permanecerá en estado pontencial. Cuando un individuo atraviesa por situaciones cruciales, la Sombra tenderá a ejercer su poder sobre el ego: en este caso, la acción del lado primitivo de la Psique tiende a crear perturbaciones destructivas, fanáticas, hasta invadir el ego y producir una verdadera ‘posesión’ del individuo. Por tanto, si el ego elige discriminar y armonizar con las fuerzas naturales de la Sombra, éstas no atacan al ego. En caso contrario se manifiestan mediante la Proyección y, cuando es rígidamente reprimida por la sociedad, la Sombra arquetipal puede proyectarse en los pueblos o naciones, y acontecer las grandes catástrofes sociales y políticas que inundan al género humano en desenfrenados derramamientos de sangre. Cuando los hombres pierden su condición de ‘tales’ y se transforman en una ‘horda primitiva’, se desencadenan los dinamismos del hombre-colectivo, las bestias o demonios que dormitan en todo individuo hasta convertirlos en partículas indiferenciadas de una masa. En la masa el hombre inconsciente desciende a un nivel moral e intelectual inferior, a un nivel siempre por debajo del umbral de la conciencia (descenso del nivel mental), listo para emerger tan pronto se presente la atracción de la masa. La Sombra colectiva no asumida se proyectará sobre individuos, capas sociales y grupos étnicos, a quienes se les atribuirán los propios rasgos no integrados de la Sombra, y esos grupos pasarán a constituirse en las víctimas propiciatorias de las clases dominantes de esos pueblos o naciones: así fue la Roma de los Césares, cuya Sombra colectiva se hallaba demasiado cargada de crímenes, excesos y lujurias y, como las clases jerárquicas no poseían la dignidad ética como para contener tanto caudal como el río Tíber, la proyección de la Sombra recayó sobre los primeros cristianos, y sobre los luchadores y gladiadores que debían dar el espectáculo de su sangre, sacrificados como víctimas expiatorias en el circo romano. Así fue el Santo Oficio, la Inquisición, donde los fanáticos dominadores proyectaban su propia Sombra Demoníaca enviando a la hoguera a pobres inocentes que, por supuesto, para los inquisidores siempre poseían señales inequívocas de la posesión del Demonio, fundados sobre todo en el Canon indiscutible, el Exenhammer o Martillo de la Brujas. Así fue la Peste Rubia del Nacional-Socialismo en nuestro siglo, cuando los alemanes, al no asumir su propia Sombra arquetipal, la proyectaron sobre los judíos y otros grupos étnicos en nombre de la ‘raza superior aria’ (Hybris), y emergió la mayor criminalidad ‘organizada, racionalista y eficientemente precisa’ que la historia tenga memoria.

La historia del mal es la historia del hombre en el mundo. El Mal aparece después de la creación del Cosmos y del hombre y es introducido por su libertad: ‘Y dijo Yahvé Dios: Ha aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal!’ (5)

La Demonología también es una Antropología: desde el origen de los tiempos han surgido las divinidades oscuras y maléficas, como proyecciones en el plano mítico, de la condición humana en lo que ella posee de negativo y sombrío. Es, por desgracia, innegable que, considerado en forma total, el hombre es menos bueno de lo que se figura o desea ser. A todo individuo síguele una sombra, y cuanto menos se halle esta materializada en su vida consciente, más oscura y densa será’ (6). La pregunta sobre la existencia o no del Demonio surge al desfigurarse el símbolo del demonio proyectado por el hombre, y se ha degradado en una mera creencia de realidad ontológica e histórica. La indivisible unidad de la persona humana, síntesis del bien y del mal, de luz y tinieblas, se disocia en una dualidad substancial y las luchas interiores de la Psique, en su proyección mitológica como ‘sueño colectivo de los pueblos’ se convierte en luchas entre el cielo y la tierra, entre el sol y la luna, en guerras de los mundos y de potencias cósmicas. El espíritu del Mal emerge y se va delineando a lo largo del tiempo como una sombra, al principio incierta e indefinible, a la que las diferentes culturas y civilizaciones van imprimiendo sus respectivas características y rasgos distintivos: de esta manera, esta Sombra Primordial se va metamorfoseando y revistiendo de turbidez y amenazas, de imágenes tenebrosas y de tinieblas apocalípticas.

 

(1) Jung, Carl. Recuerdos, Sueños, Pensamientos. Seix Barral, Barcelona, 1974, p.419.
(2) Neumann, Erch. Psicología Profunda y Nueva Ética. Fabril, Bs. As.,1960, p.27
(3) Jung. Carl. Psicología y Religión. Paidós, Bs. As. 1972, p. 128
(4) Gothe, Wolfang, Fausto. Sudamericana, Bs. As. 1970, p.129
(5) Biblia de Jerusalén, Génesis III, 22. Desclée de Brouwer, Bilbao. 1975

 
   
   
Copyright © 2009 Centro Junguiano | info@centrojunguiano.com.ar
Tel: (5411) 4554-0231/ (5411) 4555-3641
Jorge Newbery 3553, CPA C1427EGB, Buenos Aires, Argentina