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Carl Gustav Jung
Carl Gustav Jung
Escritos de Profesores
Meditación, Danza y Cuidado del Alma
 
   
Por Maria Graciela Fraschina meditación, danza y cuidado del alma
 

Tarde te he amado, oh, belleza.
Estabas dentro de mí y yo estaba fuera de mí.
Afuera te buscaba. Estabas conmigo y yo no estaba contigo.

San Agustín, Confesiones

La meditación se basa en la práctica disciplinada del silencio, que nos conecta con nuestra escucha interior y nos permite lentamente penetrar en nuestra propia profundidad.

El objetivo último de la meditación es ponernos en contacto con nuestra esencia espiritual. Esto nos eleva del plano de lo cotidiano y nos permite observar nuestras vivencias desde un punto de vista más abarcador y trascendente.

Ambos aspectos, tanto su finalidad –la trascendencia- como su instrumento –el silencio-, son poderosos aliados para el desarrollo de los procesos psíquicos.

La escucha interior

La meditación purifica la mente ordinaria,
desenmascarando sus hábitos e ilusiones.
Son muchas las voces que luchan en nuestra vida interior;
nos encontramos dispersos en todas direcciones.
La meditación lleva la mente a casa.

Sogyal Rimpoché, El libro tibetano de la vida y de la muerte

El ser humano permanentemente se debate entre su escucha interior y el mundo exterior. Vivimos hoy un mundo donde la estimulación externa pone en riesgo nuestra libertad de escucha y de elección, y amenaza con aniquilar nuestra sensibilidad.

La práctica de la meditación apunta a unir la mente a la escucha del cuerpo para permitirnos sentir que en nuestro interior hay vida. Nos muestra que allí hay un mundo inexplorado, lleno de potencialidades, esperando que emprendamos la aventura de descubrirlo e integrarlo a nuestra conciencia.

Partiendo del aquietamiento de la mente, la meditación nos lleva a un espacio interior de calma y armonía. Joseph Campbell describe este fenómeno comparándolo con lo que ocurre con las imágenes reflejadas en un estanque: cuando el agua está en movimiento, las imágenes se reflejan quebradas. Pero cuando las aguas se aquietan y se aclaran todos los sedimentos, las formas reflejadas se ven perfectamente. Y lo mismo sucede cuando la mente se aquieta1. En esta serenidad, sin distracciones ni condicionamientos externos, podemos escucharnos desde un lugar desconocido, entrar en contacto con las emociones y ordenar los deseos.

Aquí se produce el auténtico encuentro con uno mismo, que no es otra cosa que estar en el presente; es tomar conciencia plena de lo que estamos sintiendo en este aquí y ahora, aceptando y sosteniendo lo que este momento nos trae, en la convicción de que, sea lo que sea, es algo que debe ser vivido. Es como si nos apropiáramos de lo que nos ocurre y del efecto que produce en nosotros. Entonces dejamos de vivirlo como algo impuesto desde afuera, y dejamos de resistirlo. Esto es fuente de una gran tranquilidad.

Así, aprendiendo a rescatar y revalorizar lo vivido como expresión del camino de vida de cada uno, vamos logrando una mayor compasión y comprensión de nuestros procesos, avanzamos en nuestra auto-afirmación y ganamos fe en nosotros mismos. Mediante la práctica sostenida de la meditación, comenzamos a vivir con mayor claridad y centración, y vamos logrando una mayor coherencia entre las palabras y los hechos, entre la escucha y el acto, entre el tiempo interno y la acción.

En síntesis, la escucha interior que promueve la meditación ha probado ser una herramienta sumamente eficaz para sostener el proceso curativo: permite al paciente tomar conciencia del proceso, aceptar y valorar su experiencia, y resolver la tensión entre el mundo interno y el externo. Sobre la base de una reconciliación progresiva, le permite avanzar hacia la integración, comenzar un acercamiento al Sí-Mismo y desarrollar su proceso de individuación.

Meditación y trascendencia

Como psicólogo compruebo que el estado de gracia existe:
es la perfecta serenidad del alma, el equilibrio creador,
fuente de energía espiritual.
Carl G. Jung

Detrás de toda angustia, la necesidad interna y profunda es siempre la misma: recuperar el contacto perdido con nuestro verdadero ser, con la esencia divina. Abrir el camino de regreso hacia esta esencia cura todas las heridas, y su solo descubrimiento rescata al hombre de los males modernos de la insignificancia y la falta de sentido.

Todos los caminos místicos muestran que en el mundo interior hay una reserva enorme de poder y sabiduría. La meditación conecta con ese núcleo esencial que es común a toda la raza humana, independientemente del tiempo y la cultura. Hoy, en un mundo que vende múltiples y dudosas pertenencias, la meditación ofrece pertenecerse a uno mismo. En palabras de Hugo Mujica, “permite al hombre penetrar más profundamente en el misterio de la vida, donde se puede escuchar el soplo interior y desde donde todo gesto debe surgir”2.

Por eso, la práctica de meditar es mucho más que un espacio de escucha y armonía interior: es una herramienta que nos pone en el camino de la trascendencia.

Jung corroboró que la presencia de Dios se manifiesta en la estructura profunda de la psique como una coincidencia oppositorum, y que toda la historia de las religiones confirmaba que esta reconciliación de los opuestos es una de las fórmulas más utilizadas y más arcaicas para expresar la realidad de Dios. Comprobó, además, que la experiencia religiosa, observada desde el punto de vista psicológico, podía “salvar” el alma, acelerar su integración e instaurar el equilibrio espiritual3.

De acuerdo con este principio, sostenía que el hombre no puede alcanzar la unidad más que en la medida en que logra superar los conflictos que lo desgarran interiormente. En El Secreto de la Flor de Oro, describía de este modo el estado de conciencia trascendente y cómo la meditación contribuye a lograrlo:

A menudo vi cómo un hombre sobrepasaba simplemente un problema que hacía zozobrar a otro por completo. Ese sobrepasar se mostró como una experiencia más amplia, como un aumento del nivel de la conciencia. Algún interés más alto y más amplio entró en la perspectiva y, debido a tal ensanchamiento del horizonte, el problema insoluble perdió su urgencia. No fue resuelto en sí, sino que palideció frente a una dirección nueva y más fuerte de la vida (…). Lo que en un nivel más profundo había dado motivo para los conflictos más turbulentos y a una pánica tempestad de afectos, parecía ahora, contemplado desde el nivel más elevado de la personalidad, como un temporal de valle visto desde la cima de una alta montaña (…) Por cierto existe el afecto, por cierto se es conmovido y atormentado, pero simultáneamente existe de manera perceptible un estado de conciencia trascendente, un estado de conciencia que impide que sea idéntico con el afecto, un estado de conciencia que toma como objeto al afecto, que puede decir: yo sé que sufro (…). Todo hombre debiera realmente poseer, al menos como germen, ese nivel superior, y poder desarrollar esa posibilidad bajo circunstancias favorables.

El cómo alcanzar tal posibilidad se respondía a continuación:

El dejar ocurrir, el hacer en el no hacer, el dejarse de Meister Eckart me sirvieron de llave con lo que logré abrir la puerta del Camino: debe poderse dejar suceder psíquicamente. Esto es para nosotros un verdadero arte del que nada comprende la multitud de la gente, por cuanto su conciencia interfiere permanentemente ayudando, corrigiendo y negando, y de cualquier manera, no dejando en paz el mero existir del proceso psíquico. La tarea sería pues, bastante simple, si tan sólo la simplicidad no fuera lo más difícil de todo. Consiste sólo y únicamente en que en un primer lugar y por una vez sea observado objetivamente un fragmento de fantasía en su desarrollo4.

Al darnos esta posibilidad, la meditación permite el aporte del inconsciente para llegar a una comprensión más profunda, y poder así descubrir cuál es el todo más grande que abarca las contradicciones presentes.

En este sentido, es importante destacar especialmente el potencial del silencio como fuente de creatividad. La meditación revitaliza la vida interna convocando recuerdos e intuiciones, símbolos y revelaciones, que surgen desde lo más profundo para ayudar a nuestra integración.

Así, la meditación nos introduce a un diálogo interior permanente con nuestro mundo simbólico. Abre puertas para que las cosas que se hallan en un estado potencial pasen a un estado manifiesto y va haciendo un trabajo muy lento de encuentro entre lo consciente y lo inconsciente, con un ritmo muy personal. En última instancia, es el individuo mismo quien va lentamente resolviendo e integrando creativamente su proceso, dentro sus posibilidades. Sólo necesita ser acompañado.

En este respeto por el inconsciente la postura aquí presentada se diferencia profundamente de aquellas técnicas contra las cuales advertía Abraham Haber:

La humanidad todavía no ha percibido en forma suficiente los resultados perniciosos de ciertos procedimientos que obran sobre la mente. Es notoria la abundancia de técnicas yogas mal aplicadas, ejercicios para el control mental, y la proliferación de psicoanalistas incapaces. Las técnicas que en estos casos se aplica a la psique inconsciente sigue el modelo de las técnicas que se aplican para dominar la naturaleza, y esto en definitiva es ejercer violencia y presión, dado que el inconsciente reacciona negativamente a estos procedimientos. No admite la fuerza ni la obligación. Con él únicamente se pacta. Se conduce como una doncella que únicamente puede ser conquistada si se la respeta y se la trata con suaves maneras5.

En resumen, lo que aquí se presenta es una postura que rescata la quietud mental y la pasividad como potencial de fuerza, de creatividad y de “reposo del espíritu”, esto último entendido, como lo propone Anselm Grün, en el sentido de “poder encontrar el reposo en la espiritualidad realizando el diálogo con Dios desde lo profundo de la persona”6.

Fundamentalmente, la práctica de la meditación apunta a alcanzar ese “estado de conciencia trascendente” que Jung veía como germen en todos los hombres. Esto requiere de un profundo compromiso y de una práctica constante y disciplinada. Como sostenía Jung, “todo lo bueno es costoso, y el desarrollo de la personalidad pertenece a las cosas más caras. Se trata de decirse y proponerse a sí mismo como la más seria de las tareas y permanecer continuamente consciente de lo que se hace, y mantenerlo en todos sus aspectos dudosos, siempre ante los ojos. Es una tarea, en verdad, que llega hasta la médula”7.

Meditar con el propio nombre

Meditar con nuestro propio nombre nos pone en contacto, por una parte, con la esencia cultural que nos fue dada por nuestros padres, y por el otro, con quiénes somos hoy en día. Este “darnos cuenta” da nuevo significado a nuestra historia, porque nos ayuda a aceptar lo que nos sucede como algo que debe ser vivido. Jung afirmaba:

Tanto nuestra alma como nuestro cuerpo se compone de elementos que estuvieron ya presentes en la serie de antepasados. Lo nuevo en el alma individual es la re-combinación variada hasta el infinito de los ancestrales componentes. Cuerpo y alma tienen, por ello, un carácter eminentemente histórico y no hallan en lo nuevo, en lo recién nacido, la adecuada morada. Los rasgos ancestrales se encuentran en el propio hogar sólo en parte (…). Cuanto menos comprendamos lo que buscaron nuestros padres o antecesores, tanto menos nos comprendemos a nosotros mismos, y contribuimos con todas nuestras fuerzas a acrecentar nuestra carencia a arraigo, de tal modo que sigue a la fuerza de la gravedad sólo como partícula física8.

Este tipo de meditación busca, entonces, la expresión de la interioridad y un sentido riguroso de compromiso con uno mismo. Rescata la realidad interna de cada uno, y no nos lanza a la búsqueda de sustituciones, sino que ayuda a resignificar de acuerdo a la propia historia y esencia. Ayuda a enraizar en lugar de desarraigar.

Se basa en el concepto de religare o religión en su sentido etimológico: “unir las cosas entre ellas” –tal como fue utilizado por Jung. Ayuda en nuestro trabajo psico-espiritual, como una unión entre mente y espíritu, entre cuerpo y expresión, tomando la emoción y el sentir como estructura de la expresión.

El silencio en la curación de la sociedad

Alguien preguntó a Jung una vez si la sociedad occidental sería capaz de sobrevivir. Él respondió que así sería, bajo la condición de que el suficiente número de personas practicara el silencio. Nos encontraríamos, entonces, frente a una cuestión que trasciende lo individual: el silencio no sólo es necesario para la curación del individuo, sino que es fundamental para la supervivencia de nuestro mundo tal como lo conocemos.

Se trata de un concepto similar al que Joseph Campbell nos transmitía en El héroe de las mil caras:

El lastre del pasado, la atadura de la tradición han sido destruidos con seguros y poderosos golpes (…). Hoy no existe ningún significado en el grupo ni en el mundo; todo está en el individuo. Pero en él el significado es absolutamente inconsciente. El individuo no sabe hacia dónde se dirige, tampoco sabe qué lo empuja. Las líneas de comunicación entre la zona consciente e inconsciente de la psique humana han sido cortadas, y nos hemos partido en dos (…). Donde antes había oscuridad, hoy hay luz; pero también donde había luz hay ahora oscuridad. La hazaña del héroe moderno debe ser la de traer la luz de nuevo a la perdida Atlántida del alma coordinada (…). No es la sociedad la que habrá de guiar y salvar al héroe creador, sino todo lo contrario. Y así cada uno de nosotros comparte la prueba suprema –lleva la cruz del redentor-; no en los brillantes momentos de las grandes victorias de su tribu, sino en los silencios de su desesperación personal9.

Meditación y danza

Deberíamos ser capaces de hacer cada movimiento
que imaginamos, y luego deberíamos poder seleccionar
los más deseables y los más apropiados a nuestra naturaleza.
Y estos movimientos sólo pueden ser encontrados
por cada individuo particularmente.

Rudof Von Lavan (1879-1958)
Coreógrafo, filósofo y arquitecto

Sabemos hoy que materia y espíritu, cuerpo y psique están unidos. Si la fuente de toda angustia es el alejamiento de nuestro ser esencial, en el cuerpo empieza el camino de regreso.

Como producto de la desconexión con el cuerpo es que el hombre ha perdido la conciencia de su lugar en el universo. En el nivel más concreto, hemos perdido el contacto con nuestras emociones y la conciencia del cuerpo en el espacio: la forma en que nos movemos, caminamos, nos paramos tiene cada vez menos que ver con nosotros.

El cuerpo como escenario y registro de la vida

Es a través del cuerpo que ocupamos un lugar en el día a día y canalizamos nuestro accionar. Es el verdadero escenario de nuestra vida y, como tal, nos provee el registro más fidedigno de nuestra historia y también de nuestro inconsciente.

El cuerpo tiene un inmenso poder simbólico. Es, en sí mismo, un símbolo. Es un canal fundamental de comunicación con el mundo interno, un resabio de acontecimientos históricos y sagrados. Lo que ha quedado registrado en él, de lo más simple a lo más doloroso, es lo que la persona viene a aprender para el desarrollo de su alma. En este sentido, el cuerpo no miente: lo que allí se expresa es lo que la persona necesita expresar.

Por esta razón, utilizar el cuerpo como canal es la vía más efectiva para restablecer la armonía entre mente, espíritu y alma. Y enseñar la auto-escucha involucra revalorizar ese cuerpo como espacio.

El movimiento a partir del silencio

En esta técnica, la persona parte de la escucha del momento presente. El simple hecho de concentrarse en su respiración le ayuda a encontrar que está sostenida por su propio cuerpo, que está ocupando un espacio temporal; y que está experimentando sentimientos, sensaciones, emociones, que si bien pueden provenir de un estímulo externo, en definitiva son suyos: el registro del cuerpo los convierte en algo interno de lo que se puede apropiar en lugar de sólo angustiarse. Así, en la medida en que se apropia, se autoafirma.

Y no menos importante: desde esta conciencia del aquí y ahora, se puede sintonizar lo que uno necesita en lo más profundo y lograr una mayor coherencia entre el tiempo interno y la acción. Así la persona puede elegir y hacerse responsable de lo que está viviendo.

La escucha de la meditación nos hace sentir que dentro nuestro hay energía, hay vida; y nos permite proyectar esa energía en actos. Así la creatividad puede fluir desde lo interno hacia lo externo. En base a la respiración y el silencio, el individuo se conecta con los ritmos de su mundo interno, y va acomodando su cuerpo a esa escucha.

Y ese cuerpo, que contiene todos los registros, al moverse saca a la luz, trabaja y resuelve escenas. Hay en el inconsciente un permanente fluir de momentos de vida. En determinadas situaciones, estas escenas inconscientes pasan a primer plano, manifestándose con fuerza en nuestras actitudes. Escuchar nuestro ritmo y armonizarnos con él, saca estas escenas a la luz, donde podemos actuarlas, comprenderlas y trascenderlas.

De este modo, estas escenas pueden fluir hacia afuera con armonía en lugar de expresarse con violencia, y así tenemos la posibilidad de ordenarlas. La enfermedad, en cierto sentido, tiene que ver con una desarmonía en el cuerpo, producto de esa violencia. Mediante la escucha del ritmo podemos intentar restablecer el equilibrio.

Esto dota al paciente de una verdadera autonomía resolutiva y le brinda autoafirmación y confianza en lo que va viviendo como proceso de vida. Re-significa el dolor y apunta al centro del corazón, para encontrar la vía de comunicación que una el corazón con el pensamiento.

Es un trabajo tan lento como el que el inconsciente necesita para la integración, para poder re-significar y trascender situaciones que a veces resultan demasiado fuertes para elaborar desde la conciencia ordinaria.


Nota: La escucha en quietud –como vía para llegar a una escucha del Self y desde allí ir hacia el movimiento- es lo que diferencia esta técnica de la llamada “danza y movimiento”, en donde la conexión con el Self se hace desde el movimiento mismo.

Conclusión

La meditación permite alcanzar una gran profundidad en el insight y la escucha, y nos ubica en una perspectiva trascendente. Trabajando sin la palabra, sólo con la respiración y el cuerpo, expresamos movimientos que parten desde lo más profundo de nuestro ser. Así, combinando la técnica de meditar con el movimiento vamos construyendo un diálogo con Dios -lo que Jung llama el Imago Deo.

Cuando permitimos que las personas abran el camino de esta manera, apoyándose sobre su propia escucha, evitamos los riesgos de la estimulación externa excesiva y la anticipación no acertada. Así nos aseguramos de que estamos ayudándoles a vivir el proceso que deben vivir.

Casi suena ilusorio que una técnica tan simple tenga semejante poder
para impulsar la integración y la trascendencia. Y sin embargo, durante veinte años de practicarla diariamente y en mi experiencia con grupos de todo tipo, he podido comprobar una y otra vez su increíble eficacia para restablecer el equilibrio corporal, anímico-psicológico y espiritual.

Por eso me parece fundamental recalcar que, más allá de sus evidentes resultados como técnica de introspección, el alcance de la meditación es mucho más vasto, y que su potencial para alcanzar la unión perdida entre cuerpo, mente y espíritu debería ser explorado y aprovechado.

Todas las religiones del mundo buscan de algún modo “sacralizar” lo que cada individuo tiene en sí mismo para darle una vida más profunda, integrada y llena de significado. La meditación contribuye a este fin. Independientemente del marco religioso de cada persona, nos fortalece y acerca al concepto de “gracia divina”, reconciliando los opuestos que existen en nuestro interior. En última instancia, a mi entender, esta es la esencia del concepto de espiritualidad.

Pues, como sostenía Jung, citado por Mircea Eliade en El Vuelo Mágico, “Por desgracia, la fe y sólo ella ya no tiene el poder de curar a ciertos seres. El mundo moderno está desacralizado; por eso está en crisis. El hombre tiene que volver a descubrir una fuente más profunda de su propia vida espiritual. Pero para ello tiene la obligación de luchar contra el Mal, de enfrentarse con su ‘Sombra’, de integrar al ‘Diablo’. No hay otra salida”10.

 

1 Campbell, Joseph, Mitos de la Luz, Editorial Marea, Bs. As., 2004, p. 113
Mujica, Hugo, columna publicada en el diario La Nación, el 16 de julio de 2006.
2 Eliade, Mircea, Encuentro con C.G Jung - Extracto de El Vuelo Mágico, 1ª Edición, en Combat, 9 de octubre de 1952. Disponible en: www.mercurialis.com/spiritus/jung/jung_eliade.htm
3 Jung, Carl G., El Secreto de la Flor de Oro, Ediciones Paidós, Bs. As., 1955, pp. 32-34.
4 Haber, Abraham, Jung y el principio de Sincronicidad, Ed. Santiago Rueda, Bs. As., 1956, p. 117.
5 Grün, Anselm, Las fuentes de la espiritualidad, Ed. Verbo Divino, Navarra, 2005
6 Jung, Carl G., op. cit., pp. 35-36
7 Jung, Carl G., Recuerdos, Sueños, Pensamientos, Ed. Seix Barral, Bs. As., 2000, pp. 278-279.
8 Campbell, Joseph, El Héroe de las Mil Caras, Fondo de Cultura Económica, Bs.As., 2003, pp. 341-345.
9 Eliade, Mircea, op.cit.

   
   
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